MUJER TRANS COORDINA PELIGROSO PABELLÓN PENITENCIARIO DE GUAYAQUIL
- By MarceloToapanta
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Se llama Roberto Carlos, pero le gusta que le digan ‘Fresita’, es un recluso que lleva cinco años en la Penitenciaría del Litoral, cumpliendo una sentencia por tráfico de drogas. Fue detenido en 2017 cuando intentaba viajar a Estados Unidos con 700 gramos de cocaína en cápsulas que estaban en su cuerpo y que lo condenaron a 13 años en prisión.
Con cuaderno en mano, organiza listas, nombres y presupuestos. Observa desde la parte techada del patio que las actividades culturales se desarrollen según lo planificado.
A la distancia, la gente le pide su aprobación con un gesto. Él responde moviendo su cabeza y sonríe. Las decisiones de logística del pabellón pasan por ‘Fresita’.
Un mural en la pared del pabellón nueve advierte que ahí manda el grupo delictivo Los Lobos, pero nadie habla de eso y evaden las preguntas. En este pabellón de la Penitenciaría del Litoral, hay más de 500 hombres y dos mujeres transgénero, que en su mayoría viven hacinados.
“Esta designación nació al poco tiempo de ingresar a la cárcel. Las personas comenzaron a decirme: Fresa, puedes ayudarme en esto o en lo otro, y así he llegado a donde estoy”, comenta.
En ese submundo gobernado por hombres peligrosos, Fresita tiene el control para mantenerlos tranquilos. Él intenta destrabar los procedimientos de la burocracia del sistema penitenciario que vulneran derechos o que se limitan después de cada enfrentamiento violento, del que también es un sobreviviente.
A veces tiene más éxito en conseguir los pedidos de otros que para él, quien también es un paciente vulnerable con una enfermedad catastrófica, que debido a la pandemia y por las masacres, no ha recibido tratamiento adecuado.
Tiene una herida en el pecho que no ha sanado, tal vez debido a la enfermedad. Hace dos meses le dijeron que recibió el indulto presidencial, pero está inmerso en las trampas jurídicas y en los tiempos de espera del sistema penitenciario, que no actúan con la misma rapidez en todos los casos. Mientras espera, sigue con sus tareas diarias: cotizar cuántos litros de pintura se necesitan para “devolverle la vida al pabellón” u organizar a los que se encargarán de pintar.
También debe estar pendiente de los enfermos y de los que están próximos a salir en libertad. “Me nace ayudar a mis compañeros, si una persona ya está libre y no les llega la boleta, hago toda la gestión, porque también hay personas que no tienen familiares o quién los ayude”, añade. Pero su motivación, por supuesto, está fuera de esos muros donde ha sido testigo de los actos más crueles.
“Mi motivación es ver a mi familia”, dice ‘Fresita’ casi susurrando. No ha visto a sus dos hijos desde que entró a la cárcel porque están fuera del país, algo que agradece “porque a los amigos de mi hijo de 22 años los han matado a todos en la calle”.
Fuente: Primicias.